Bloque Popular Revolucionario BPR 30 de Julio 1975 Beligerantes

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sábado, 4 de julio de 2009

Sobre el acto de presentación del Libro Testimonial

Por Salvador Juárez

En el Acto mismo se reconoció el distintivo que huellaba esa actividad cultural dentro de la historia de las presentaciones de libros de testimonio en El Salvador.

Y era lo que reflejaban los ojos de quienes acudían esa tarde en un sorprendente número de ciudadanos: “la búsqueda de la verdad”.

Me estoy refiriendo a lo hermoso del espíritu humano que se manifestó en la presentación del libro autobiográfico “Huellas en las piedras”, de Leticia Solano (1928-2006), el sábado 23 del pasado mes de febrero, acto que finalmente se llevó a cabo en el Auditórium de la Paz, y ya no en el Aula 401, por no dar abasto este último local, aunque siempre en el edificio Francisco Morazán de la Universidad Tecnológica de San Salvador.

Y que ya no tampoco inició a las 4 y cuarto, sino a la cuatro y cuarenticinco de la tarde, por esos últimos detalles que acabaron dándole un carisma popular universitario, pues era una variedad de sectores y edades allí concentrándose y luego bajando del cuarto piso hacia el paraninfo que se anunció como feliz reubicación, irradiando todo ello ese algo que asombró: esa expresión de ir tras algo que se indaga, que interesa y que pertenece por heredad histórica.

¡Qué lindo es haber visto cómo de una modesta asistencia que se esperaba, se convirtió en ese fenómeno que arrancó palabras de sorpresa y emoción! Y es que la afluencia a la presentación del libro “Huellas en las piedras” superó las expectativas, ya que lo que se observó allí mismo fue que la concurrencia movió a buscar un local muchísimo más amplio, y esa espontaneidad fue la que causó gozo y vivificó el ideal de liberación y el valor justicia en los corazones amorosos y en las mentes sin prejuicios.

Tratábase entonces de la presentación de un libro cuya autora, Leticia Solano, no es ninguna escritora de profesión, ni un personaje emblemático, ni una heroína de renombre mucho menos, pero que su relato autobiográfico da a conocer algunos puntos importantes del proceso histórico salvadoreño; por ejemplo, los sucesos de abril de 1983 en Managua- Nicaragua, en los que, hace 25 años precisamente, Mélida Anaya Montes (Comandante Ana María, segunda responsable de las FPL) y Salvador Cayetano Carpio (Comandante Marcial, primer responsable de las FPL), murieron en las circunstancias que cada vez que se evocan estremecen las tablas muy frágiles de la historia oficial.

Más en esta forma en que Leticia Solano los revela, desde su responsabilidad como “secretaria particular” de ambos y según le tocó vivenciarlos, muy cerca de los escenarios en que se produjeron tan dramáticos acontecimientos.

Y es que plasma su testimonio, con esa autoridad moral que le da su lealtad a los principios, sin cálculos, sin concesiones, sin acomodos y sin oprobios. Tal vez con suprema sencillez como expone también los asuntos más privados y hasta domésticos, entre ellos la rutina espoleada por las penurias y sus más profundos sentimientos familiares y matrimoniales.

Aunque todo esto le da otro valor al libro, y es el hilo conductor de la honestidad ante las piedras y los tropiezos, y ante otras asperezas del destino que se van superando página tras página con el despertar de su conciencia, la cual va iluminando el interés del lector sin prejuicios y sin morbo tras las pistas y señales que Leticia va dejando.

Carisma del libro que de pronto atrae la lectura de un solo tesón, tanto que hasta se van inadvirtiendo y ni interesa fijarse en esas cosas estilísticas, porque ya se sabe las condiciones de salud y existenciales en que la autora trabaja el documento; además que ella misma deja sentado desde las primeras líneas que su propósito no conlleva ninguna pretensión literaria.

Tampoco es el compendio cultus cultorum, ni el tratado político-militar estratégico, ni el protagonismo histórico de cúpulas y cenáculos de primera. Es simplemente el testimonio de lucha de una mujer de base del movimiento social salvadoreño, que con qué amor, utopía, fidelidad y disciplina se entrega a desempeñar las múltiples tareas que le encomienda su organización.

Y sobre todo, con qué amor a su pueblo dedica su labor, abierta y clandestina, a la par de que se rebusca para el sostén de sus cuatro hijos, en su papel de mujer sola, viuda y de gran pasión humana y social. Y he ahí el porqué habla con ese cariño militante de la Fraternidad de Mujeres Salvadoreñas, del Partido Comunista del cual renunció también para luego incorporarse a las FPL en ciernes, de la que fue un cuadro político en pleno desarrollo orgánico, hasta su último posicionamiento consecuente.

Véase cómo, en esa trayectoria, va creciendo en compromiso y va configurando una contextura coherente con el atisbo de una concepción proletaria dentro de la cual ha de irse formando el nuevo ser revolucionario, para cuya orientación y concientización era necesaria la labor del nuevo Partido Marxista-Leninista Salvadoreño, que la dinámica de la guerra no dio chance de conformar desde las mismas FPL, según lo clarifica Leticia, y que era el planteamiento que sostenía el Primer Responsable Comandante Marcial. Empero, muy contrariamente, en vez de transformarse las FPL en el verdadero Partido Marxista-Leninista, el cual sería “la garantía del proletariado para conducir la revolución hacia el Socialismo”, hacia este proyecto vendría toda la descarga de la inconsecuencia, a modo de darle al ras a cualquier estructura de este tipo y hacer desaparecer esa línea sustentada en la alianza obrera campesina, y en la estrategia de guerra popular prolongada: Prácticamente éste es el enfoque que sostiene Leticia Solano.

En ese traslape que hay en el militante de tal concepción en ese momento, aún con moldes pequeñoburgueses y con grandes limitantes, pero con un espíritu noble y de grandes sacrificios, de lucha reinvindicativa y de liberación, y para cuya disposición transformadora, además de su aporte al movimiento popular, tiene que ir haciendo los grandes desplazamientos interiores, con los no menos inmensos esfuerzos contra todo un sistema contagiado y alienado, y enquistado allí, en el interior hasta del individuo mismo, impidiendo la realización plena de ser; a pues, en el reflejo de esa generación muy valiosa a la cual pertenecía Leticia, se perfila ella misma, con un valor que se destaca a través de su narración muy sencilla, y es la humildad y mística con que se dedica a trabajar a tiempo completo, y su disciplina por la cual se nota que no dice más cosas ni menciona a más personajes, por la compartimentación que aún guarda, actitud ésta que contrasta con los desbocamientos de otras gentes que con lujos de detalles y haciendo notoriedad con escalones, jinetas y relaciones, han desembuchado y siguen desembuchando en los medios esa información que sin qué ni para qué sueltan en las entrevistas y debates.

Con esa humildad y disciplina apuntadas, cuenta Leticia acerca de lo que sería la última tarea que cumpliría en su organización las FPL: las cartas que el Comandante Marcial le pidió que las llevara a sus destinatarios correspondientes, en dado caso le sucediera algo a él; habiéndole encomendado esta misión el mismo día en que se registra el suicidio del Comandante. Notamos que cuando Leticia consigna este dato, no lo hace con ningún aire de “escogida”, ni de “pitonisa” mucho menos, sino que, en medio de un cúmulo de trabajos que en ese momento cumplía a vuela máquina, y entre una serie de situaciones que le toca observar en la problemática interna de su organización, debido a la lucha burocrática por el poder que ella subraya.

Asume esa responsabilidad asignada por el “Compañero Marcial”, con las distintas manifestaciones humanas reveladas en esas circunstancias inesperadas, tristes y dolorosas.

Y así sintetiza tan intenso momento de su vida: «Ya se pueden imaginar que desde el primer momento que tuve en mi poder los tres sobre que guardaban la explicación de su suicidio, mis cinco sentidos se estremecían de nervios, de ese momento se labró el futuro de la organización, así mismo el del pueblo en general.
Tuve la triste tarea de distribuir las cartas.

El grupo oponente aprovechó para llevar las negociaciones de paz, tal como a ellos les urdía».

Aunque Leticia Solano no logra desarrollar plenamente su autobiografía, ni este último episodio, quedan, sin embargo, latentes sus Huellas en las Piedras, dejando un llamado tremendo para la conciencia nacional y un reto titánico y de justeza para la memoria histórica salvadoreña.

Fuente citada:
http://www.diariocolatino.com/es/20080314/opiniones/53090/